Unos y ceros

El paso por lo digital nos pone en una situación de máxima potencia y que posiblemente sea la causante de todos los cambios de orientación que es necesario provocar.
Lo digital reduce el espectro sensible, la realidad perceptible a unidades mínimas de información. Bits.
Estados duales basados en capacidades de la tecnología para usar la dualidad de estados. Uno y cero, apagado o encendido… al final, toda la información, en manos de la tecnología contemporánea se reduce a una combinación, cada vez más capaz y potente, de estos dos valores.

Más adelante trabajaremos sobre una de las rupturas de esta dualidad que solo aparece por determinaciones materiales, pero si nos ceñimos a ella, podemos afirmar que la composición última de la información, de la realidad transmisible en modo digital, se basa en únicamente dos componentes.

La dualidad de estados, base de la generación del bit y de la computación clásica tiene su fundamento en estados electromagnéticos y en capacidades de la materia sometida a unas determinadas situaciones.
La ruptura de esta condición bipolar solo es posible si entráramos en el campo de la física cuántica y de la computación del mismo nombre, cosa inviable en nuestro ámbito de estudio. La computación cuántica, aunque real, no se ha extendido todavía al dominio público. La computación clásica es real, y dual.

Esta dualidad nos lleva a un planteamiento quizás excesivamente directo. Si el espacio, el tiempo, las ideas distintas de lo espacial y lo temporal, al ser descompuestas, procesadas y transmitidas, son reducidas a dos únicos elementos ¿no sufre todo en lo digital una violentísima unificación?

Permitiéndonos una referencia videográfica, tenemos una explicación clara del cambio de planteamiento.
En las dos versiones de la película La Mosca podemos entender la base de este proceso, sus potencias y sus peligros.
Ambas películas responden a la misma premisa argumental, el deseo de un científico de conseguir transportar la materia a través del espacio de forma instantánea y las consecuencias de un accidente que ocurre cuando el científico trata de probar su invento sobre si mismo y una mosca interfiere provocando un accidente. En ambos filmes, el experimento y el accidente transcurren de forma idéntica. El científico entra en una de las dos cabinas que forman su máquina de teletransportación y una mosca entra con él sin que este se de cuenta. Ambos seres son descompuestos por la máquina y trasladados, teletransportados a la otra cabina que, en lugar de reintegrarlos a ambos como mosca y científico los recombina. Y es aquí donde la diferencia es clave.

En la versión de Kurt Neumann de 1958, la máquina, tras el accidente, genera dos seres distintos, uno el cuerpo del científico con una gigantesca cabeza de mosca y otro, que no aparece hasta el final de la película para desenlazar la trama, el cuerpo de la mosca con la cabeza miniaturizada del científico.
En la versión de David Cronenberg de 1986, la máquina produce un solo ser. Un científico con capacidades ampliadas en un principio pero que va degenerándose, o evolucionando, según se mire, hasta convertirse en una mosca gigante.

¿Dónde estriba la diferencia? En 1958 las telecomunicaciones están extendidas y suponen un anhelo de desarrollo. El ideal de trasladar material sin límites temporales es un horizonte de esperanza. La comunicación y las capacidades de las ondas electromagnéticas son evidentes, pero la realidad sigue siendo una e indisoluble. El científico y la mosca de Neumann solo son capaces de recombinarse de forma fragmentaria pero inteligible. Cuerpo-cabeza son dos entidades conceptuales que permiten comprender la atrocidad del resultado sin perder de vista las identidades de ambos personajes, la mosca y el científico.
En la versión de 1986 de Cronenberg, la informática es ya un hecho a nivel incluso doméstico (el primer ISP comercial llegará solo 3 años después) y el cambio de comprensión es clave.

Ambas entidades, la mosca y el científico, son desintegrados en unidades de información, y recombinados en un solo ser con propiedades de ambos. Ya no hay partes significantes, no hay cabeza o cuerpo. Solo hay elementos constitutivos de ambos personajes que van apareciendo y desapareciendo conforma la mutación se hace más profunda y evidente.
En la versión de 1986 la genética ya hace tiempo que ha demostrado que la vida no es más que sucesión de información con un determinado orden, y Cronenberg entre por la vía de la equipotencia.
Si tanto la mosca como el científico son solo ADN, son solo información, ¿qué me impide recombinar esa información para poder generar un algo distinto y a la vez igual a los dos?

Seth Brundle: ¿Y tú qué crees? Una mosca. ¿Me estoy convirtiendo en una mosca de ochenta y cinco kilos? No, me estoy convirtiendo en algo que no ha existido nunca antes. Me estoy convirtiendo en… Brundlemosca. ¿No crees que eso se merece uno o dos premios Nobel?
David Cronenberg, 1986. The Fly

Como en una retorcida analogía, lo digital, ya presente en el film de Cronenberg sin ser evidente, es capaz de descomponer dos conceptos indisolublemente unidos pero independientes como el espacio y el tiempo y, tras reducirlos a información a datos a significantes por si mismos, recombinarlos para formar una nueva entidad mucho más difusa pero que no tiene por qué perder un ápice de coherencia. Pero de esta entidad hablaremos más adelante.