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Arquitectura y responsalidad

Foto CC by-nc Pulpolux
Foto CC by-nc Pulpolux

Cerrando el año me veo forzado a escribir sobre la responsabilidad en la arquitectura. Porque se acumulan las proclamas arquitectónicas y van en múltiples direcciones:

Como la de Fredy Masad, diciendo verdades como puños y organizando una casi-trifulca pero que al final se quedó en nada porque a su artículo le sobraban doscientas o trescientas palabras y algún que otro calificativo harto despectivo que acabaron por distraer al personal de lo realmente interesante.

Como la de Karl Chu diciendo que el público en general no sabe el sacrificio que los arquitectos han hecho en pro del bien común y haciendo que nos preguntemos quién diantres ha pedido que se haga ese sacrificio.

Como la de Javier Terrados y su manifiesto que se titula “Lo siento, esto es arte”, en el que su apología del talento, la sensibilidad y otras virtudes puramente casuales nos parece que remiten y defienden de nuevo a esa imagen de los arquitectos como divos que tanto daño creemos que nos hace.

Como la de Aaron Betsky que carga contra el New York Times acusándolo de ir contra la arquitectura –así en general– y para hacerlo se permite usar afirmaciones como

“El hecho de que los edificios sean raros para algunas personas, y de que las cubiertas a veces goteen, es parte integral de la investigación y desarrollo de la disciplina

o

“La verdad es que la arquitectura no está hecha por o para ”un amplio espectro de la población”. Está hecha por aquellos que tienen los medios para encargarla, y refleja sus valores y prioridades.

Y teniendo estas cosas en la cabeza, cuando discuto con personas muy cercanas, me encuentro con que me dicen cosas como:

“Tú lo que tienes es miedo al intrusismo”

o

“¿Por qué crees que es peyorativo que se os diga artistas?”

Como no soy impermeable a las cosas que me dicen las personas que aprecio, me veo en la necesidad de explicar–me– una vez más lo que es para nosotros la arquitectura.

Para ello, nada mejor que usar a los otros para definir los límites de nuestro espacio de trabajo, nuestra posición en la profesión. Porque, pese a que creemos y somos conscientes de nuestra pertenencia a una realidad difusa, no podemos dejar que ésta sea confusa, intentamos aclarar–nos– las cosas.

Reaccionamos a las afirmaciones pseudointelectuales de Jaque, Franch y sus arquia-selectos, porque hacemos política con nuestro trabajo, porque trabajamos para las personas, para su vida y somos conscientes de que nuestras obras afectan a sus futuros. Pero por mucho que sea desobediente con el manual, apilar muebles de ikea no es hacer política y que la desemancipación sea motivo de gozo en un taller diy nos parece… mejor no sigo.

O si, sigo. Porque pese a que hacemos sacrificios, y son muchos porque nos negamos a ser una empresa, no hacemos más que los de otras personas que dedican su vida a trabajar con pasión.

Y creemos que no debemos ser mártires ni héroes. Que nadie nos lo ha pedido.

Creemos que debemos ser responsables, leales y buenos profesionales. Y poner límites. Poner límites a las horas que trabajamos gratis sin cobrar ni una mínima provisión de fondos. Poner límites a las noches en vela depurando un poco más la sección constructiva que no termina de encajar. Porque esos límites son los que nos ayudarán a construir una nueva profesión con la imagen que se merece, que no es la de mártires.

Esa imagen, espero, también debería estar claramente diferenciada de lo artístico. Porque el arte no es responsable, porque el arte se puede permitir tener goteras o responder a los designios del poder como dice Betsky. Porque el arte, como dice Terrados, investiga produciendo arte, como debería hacer la arquitectura, pero no tiene responsabilidades porque no tiene demandas apriorísticas.

Por eso, creo que los arquitectos deberíamos parecernos más a los científicos y un poco menos a los artistas.

¿Por qué menos a los artistas? Porque los artistas, pese a que su trabajo es avance indiscutible para el ser humano, son contingentes. Porque el arte no tiene límites ni razones.

¿Por qué más a los científicos? Porque los científicos investigan y progresan, como los artistas. Pero lo hacen sin gastarse fondos que no tienen, evaluando sus resultados (pinchad en el enlace al evidence based design que critica Betsky y veréis…) y sobre todo porque las cubiertas de la ciencia rara vez gotean. ¿Sabéis por qué? Porque los científicos investigan con responsabilidad.

Y esa, y creo que no otra, es la razón de nuestro miedo. Somos –quizás demasiado– responsables. Porque respondemos ante nuestros clientes, ante los presupuestos de partida, ante los contextos de trabajo, ante la ley, ante el seguro de responsabilidad civil decenal, ante nuestras organizaciones profesionales… pero esto no es demasiado. Son simplemente las reglas del juego que –muchos, pero no todos– hemos aceptado.

Los arquitectos debemos ser más responsables. Debemos ser más conscientes de las implicaciones y repercusiones de nuestro trabajo.

Me acabo de dar cuenta de la fecha. Si no escribo esto, a lo mejor hasta alguno se lo toma como una inocentada…

Ideas políticas y otros desaciertos.
A propósito del nuevo tanatorio de Lanjarón y lo perjudicial para el Museo del Agua.

MUSEO DEL AGUA DE LANJARÓN. Juan Domingo Santos

Hace unos días nos enterábamos de una noticia que nos dejaba con un regusto amargo.

La política, la mala política, de nuevo, pervertía su legítimo poder de decisión para, con sus acciones, hacer, creemos, más daño que beneficio a las personas que debe servir y proteger.

La noticia en cuestión (en Radio Granada y Granada Hoy) es la intervención del ayuntamiento de Lanjarón sobre el antiguo matadero del municipio para convertirlo en tanatorio.

No vamos a poner en duda la necesidad de ese tipo de equipamiento para el municipio, pero lo que si podemos enumerar de forma sucinta es por qué esa acción nos parece una mala idea:
Alojar un tanatorio en un antiguo matadero nos parece, cuanto menos, desagradable. Todos somos conscientes de la difícil relación que tenemos en esta nuestra cultura occidental con la muerte y el cruce de connotaciones me parece poco afortunado.

La propuesta de tanatorio, según nos dicen ya en obras a una velocidad inaudita, se realiza en la misma parcela en la que ya está situado el Museo del Agua, obra de Juan Domingo Santos. Un edificio que en el último año ha recibido incontables reconocimientos, convirtiéndose de forma innegable en un potente reclamo turístico para el municipio.

Como podéis comprobar en la documentación que nos facilitan desde el estudio de Juan Domingo Santos, el cuerpo en el que ahora el ayuntamiento ha colocado el tanatorio formaba parte del proyecto, bajo una idea ampliada y capaz, con lo que el nuevo programa no solo perjudica la actividad del museo si no que además cercena por completo su capacidad de crecimiento lógico.

Esto podría incluso no sorprendernos, porque según podemos leer (fuente Europa Press) el museo ha sido cerrado por el ayuntamiento, solo se puede visitar previa cita y con los medios expositivos apagados.

Al parecer, el ayuntamiento actual, de signo político distinto al que encargó el proyecto inicial, no tiene intención alguna de potenciar, o siquiera preservar el museo y aprovechar sus bondades.

En palabras de un colaborador del estudio de Juan Domingo Santos:


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El Museo del Agua se hizo con un presupuesto mínimo. No hubo dinero para intervenir en la parte de los corrales. Todo es el mismo edificio. La zona del matadero (en la que se coloca el nuevo tanatorio) era una segunda fase del proyecto en la que se pretendía ubicar un bar de aguas o una zona cultural vinculada al Museo y a las nuevas rutas de agua y molinos en el parque natural de Sierra Nevada. El Museo era la puerta de entrada a este Parque Natural. El proyecto no es sólo una obra de arquitectura, trabaja sobre un concepto amplio de paisaje con el objetivo de poner en valor ciertas cuestiones vinculadas culturalmente a Lanjarón y a sus habitantes. Con el Tanatorio todas estas connotaciones se perderán.

¿Hay una oportunidad legítima por parte del ayuntamiento de hacer allí el tanatorio? Por supuesto. No lo estamos poniendo en duda.

De lo que si nos permitimos dudar es de la capacidad de comprensión de muchos políticos de nuestro país, que ven a los arquitectos como meros peones (sin ofender a los peones profesionales) en una partida de ajedrez en la que su único objetivo no es ganar si no comerse cuantas más piezas mejor.

Nuestra experiencia, hasta la fecha, es que pocos políticos son capaces de desarrollar una visión abierta y de futuro, más allá del cortoplacismo de la ejecución de obras dentro de una determinada legislatura. Como decía, somos meros peones.

La cadena de producción es clara idea política, propuesta, concurso, arquitecto/s que se mata/n a trabajar gratis, licitación, arquitecto/s que rebaja/n sus honorarios descabelladamente, licitación a constructora, rebaja criminal, necesidad de proyecto reformado que el arquitecto redacta por poco o nada, dirección de obra penosa por la constante batalla con la constructora, decisiones o errores políticos que acaban con el proyecto y arquitecto que acaba perdiendo el poco trabajo que le quedaba.

¿Lo veis tan claro como nosotros? El eslabón más débil es, siempre, el arquitecto, que llega, en incontables situaciones incluso a sacrificarse por salvar el proyecto.

Desde aquí todo nuestro ánimo a Juan Domingo Santos y su equipo, deseando que el problema pueda reconducirse hacia donde debe.